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El Duque de Burgundy


Típica película que a unos les aburrirá desde la media hora y a otros como yo, nos encantará desde los títulos de crédito, de hecho las puntuaciones que tiene en IMDB, Fotogramas, Filmaffinity etc, son medianas sobre el 6 no más. A mi me pareció una obra maestra.

El Duque de Burgundy (Borgoña pero rodada en Hungría) es un ejercicio estético y narrativo vintage sobre la sumisión erótica de una mujer bajo otra en el contexto de un curso de entomología veraniego. Peter Strickland, seguidor del cine de Jess Franco (true story) plasma de forma sobresaliente la estética setentera del cine retro de aquella década. Aparte de Franco, Strickland rinde homenajes variados a otros cineastas, de tal manera que la película termina siendo una magnífica amalgama de distintas corrientes y estilos visuales.

Todo está hecho en El Duque de Burgundy para tocar la fibra sensible del espectador (quien la tenga, pues no es privilegio universal). Desde la música de Cats Eyes, evocadora del dabadabadá cutrepop y los créditos estilo Belle and Sebastian, hasta la perfecta ambientación con candelabros, cortinazas de terciopelo rojas y bicicletas con cesta, pasando por la campiña de chalets/castillo de piedra húngaros y el vestuario de faldas de tubo, capas con capucha, peinados de moño alto y pestañas postizas de la actriz danesa Sidse Babette Knudsen, conocida por la serie Borgen.

La película de Strickland no es una comedia, pero la verdad que hace reir y no de manera involuntaria ni ridiculizando a los personajes sino simpatizando con sus parafilias decadentes. El propio tema de los insectos, las lecciones sobre el zumbido de las polillas, resulta cómico por irreal; la existencia de unas conferencias sobre lepidópteros a las que solo acuden mujeres, quizás sea una metáfora de la particular dificultad que conlleva la homosexualidad, como la usó Marcel Proust en En busca del tiempo perdido al comparar al Baron de Charlus con una flor que despliega todo su atractivo para conseguir del abejorro la ansiada y milagrosa polinización, en este caso más aun si cabe al tratarse de lesbianas.

El Duque de Burgundy no tiene desperdicio estético ni ético, sobre todo para quien desconozca la verdadera naturaleza de las relaciones masoquistas, en las cuales el supuesto amante maltratado suele terminar aburriendo con continuas exigencias a su amo.


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fotograma de El Duque de Burgundy